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Nuestro día a día es un cúmulo de experiencias, sensaciones, sentidos y emociones, que van conformando nuestra forma de estar y de actuar en el mundo. Sin embargo, el propio paso del tiempo va cambiando nuestra forma de adaptarnos a estas sensaciones. No percibimos igual el paso del tiempo o una despedida en la juventud que en la vejez.

Sentir miedo por un dolor nos hace ir al médico, preocuparnos por un amigo nos hace apoyarle y ayudarle. Y es que las emociones, tanto las positivas como las negativas, nos impulsan a cambiar nuestras actuaciones. Sin ellas, verdaderamente, no podríamos vivir. De esta forma, cuando nos hacemos mayores, la forma en la que nos relacionamos con ellas es diferente.

¿Cómo influyen las emociones cuando nos hacemos mayores?

Es posible que cuando nos hagamos mayores, se puedan potenciar ciertas emociones. Estas emociones pueden estar relacionadas con el amor a nuestra pareja o a nuestros hijos y nietos, cambiando la forma en la que nos relacionamos con ellos. Las experiencias de nuestra vida muchas veces son las que marcan este tipo de emociones. Por ejemplo, una persona que durante su vida no ha pasado demasiado tiempo con sus hijos, es posible que en la vejez sienta la necesidad de compartir experiencias con ellos.

Y es que éstas no se sienten igual que cuando somos jóvenes. Muchas veces, son contradictorias, como puede ser la alegría por el nacimiento de un nieto, unido a la tristeza de no poder compartir el momento con alguna persona que ya no esté con nosotros. Además, en la tercera edad, expresar las emociones es algo más complicado pues, siendo más complejas las emociones en esa edad, nos cuesta más expresarlas. Somos además menos impulsivos que cuando éramos jóvenes, afectando nuestro sistema inmunológico y las defensas ante diferentes aspectos externos.